miércoles, 5 de enero de 2011

COSTUMBRES Y TRADICIONES DE CHIAPAS

Una rica y complicada gama de costumbres y creencias conviven de manera increíble en la región chiapaneca, pues cada uno de los grupos étnicos que allí habitan posee hondas raíces y tradiciones cuyos orígenes, en algunos casos, se pierden en el tiempo y en los recónditos secretos de la historia de sus más antiguos ancestros: los mayas de la época Clásica. Así, en el amplio territorio que hoy ocupa el estado de Chiapas, se encuentran los grupos tzeltal, tzotzil, chol, zoque, tojolabal, lacandones y mames. De los lacandones se sabe que su número es muy reducido y que se encuentran muy aislados en la zona de Montes Azules. Los mames, por su parte, han casi desaparecido, pues su lengua y costumbres se encuentran casi relegados por completo. No obstante, todos estos grupos comparten un número importante de rasgos culturales similares como la lengua, la vestimenta y principalmente las creencias, como los pensamientos acerca de la vida y de la muerte, la naturaleza, la religión entre católica y pagana, los grupos familiares, los niños, las mujeres y los ancianos, entre otras de las cosas que conforman su amplio mundo de símbolos e imágenes míticas y mágicas.
Uno de los lugares en donde mejor se palpa este mágico sentido, es tal vez el día de mercado en San Cristóbal de las Casas, pues allí se dan cita personajes de distintas comunidades entre el bullicio y la algarabía de cientos de vendedores de frutas, legumbres, animales, telas, artesanías y un sinfín de objetos útiles para todas las cosas de la vida diaria, en un marco en el que resaltan los coloridos trajes de distintas áreas de la entidad.
Sin duda otra importante muestra la podrá vivir en los poblados de San Juan Chamula y de Zinacantán, donde las celebraciones religiosas, al interior de los templos católicos, alcanzan niveles mágicos, pues las luces y el humo de las velas se mezclan con las oraciones en varias lenguas indígenas y el olor a aguardiente, en medio de un ambiente de gran misticismo.
Calendarios de fiestas
AMATENANGO DEL VALLE
Julio 25. Festividad de Santiago Apóstol. Los alférez de la población galopan a caballo en la fiesta.
COMITÁN DE DOMÍNGUEZ
Febrero 11. Se festeja a San Caralampio, con danzas de Demonios y feria. Noviembre 1 y 2. Celebración de muertos, con ofrendas y música.
CHIAPA DE CORZO
18 al 22 de enero. Fiesta de San Sebastián y feria popular. Se festeja con danzas de Parachicos, desfile de carros alegóricos y un “combate naval”.
PALENQUE
Agosto 4. Fiesta de Santo Domingo de Guzmán. Feria popular y fuegos artificiales.
SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS
Hay festividades durante nueve de los doce meses del año, en los distintos barrios de la ciudad, dedicadas a las vírgenes o a los santos patronos de los templos tutelares. Las más importantes son el 1 de abril, que se conmemora el aniversario de la fundación de la ciudad y el 25 de julio, que es la fiesta titular de San Cristóbal.
SAN JUAN CHAMULA
Junio 24. Festividad de San Juan Bautista. Inicia dos días antes con procesiones y feria. Ocasionalmente se hacen danzas.
TAPACHULA
Agosto 28. Fiesta de San Agustín. Dura siete días con una gran feria.
TUXTLA GUTIÉRREZ
Abril 25. Fiesta de San Marcos, que dura cinco días con feria, procesiones y fuegos artificiales.
ZINACANTÁN
A lo largo de nueve meses hay festejos importantes en esta comunidad, destacando la de enero 20, que es la fiesta de San Sebastián, que se festeja con procesiones de indígenas disfrazados y feria.
Las fiestas movibles más importantes se pueden presenciar en las siguientes poblaciones: El Carnaval es de gran colorido y alegría en lugares como Amatenango del Valle, San Cristóbal de las Casas, San Juan Chamula, Larráinzar y Zinacantán. La Semana Santa encuentra sus mejores expresiones en lugares como Ángel Albino Corzo, San Juan Chamula, Simojovel de Allende y Zinacantán.

Las principales fiestas en San Juan Chamula
24 de junio, día de San Juan Bautista. En ella participan todas las autoridades de las tres órdenes, quienes portan sus trajes ceremoniales y el bastón de mando que han heredado del mismo San Juan, por eso el bastón es símbolo de gobierno y es el poder mismo.
El “Kin Tajimoltic”. Coincide con las fechas del carnaval cristiano y en el calendario maya corresponde a los cinco días perdidos después de los 18 meses de 20 días.
El 31 de diciembre. Fiesta político-social, en que juran a sus cargos las nueva autoridades.
Los parachicos, tradiciones y leyendas de Chiapa de Corzo
Chiapas se destaca por la belleza de su naturaleza, por su rica y compleja historia; en su fértil territorio han vivido desde la época prehispánica diversos grupos como los tzotziles, tzeltales, tojolabales, choles, zoques y chiapanecas. Entre la población de nuestros días se cuenta la historia del suicidio colectivo de estos últimos ante la inminencia de la dominación española.
Los chiapanecas eran particularmente agresivos. Su poderío militar era tal que se duda que alguna vez fueran conquistados por los aztecas.
Se cuenta que la importante población de los chiapanecas se acabó, no porque los conquistador es la hubiese sometido, sino por Ia decisión propia de quitarse Ia vida antes que aceptar Ia dominación. Inútilmente, Luis Marín sometió Nandalumí (Pueblo grande) en 1524, pues pronto sus pobladores volvieron a sus viejas costumbres. En 1528, sabedores de la fiereza de los indios, los españoles, al mando de Diego de Mazariegos, iban muy bien armados y con el apoyo de los pueblos vecinos, llegaron hasta el Peñón de Tepechtía, en el cañón deI Sumidero, donde, se dice, se libró Ia última batalla contra los valientes indios.
Al verse cercados por el enemigo, familias enteras de chiapanecas se arrojaron al precipicio; las aguas del río se tiñeron de rojo. Conmovido ante el hecho, el capitán español cesó el combate. Con los sobrevivientes surgieron las primeras encomiendas y en las orillas del río fue fundado un nuevo pueblo: Villarreal de los indios, la Chiapa de los indios: Chiapa de Corzo, que con la Chiapa de los españoles: San Cristóbal de las Casas, dieron nombre al estado. Realidad o ficción, para los chiapanecos, la leyenda del Sumidero es un símbolo de Ia Iucha por Ia ansiada Iibertad.
Otra Ieyenda enraizada profundamente en el sentir de Ios chiapacorceños es Ia que recuerda Ios infaustos días en que, en medio de Ia sequía y el hambre, Ios Iugareños recibieron a una distinguida viajera.
La dama expuso a Ios habitantes deI pueblo el motivo de su viaje: su hijo padecía un extraño mal que Ie impedía mover Ias piernas. Había recurrido a Ios médicos más reconocidos, sin que brebajes ni sangrías lograran recuperarlo, de ahí que ella decidió visitar varios lugares remotos en busca deI remedio "para el chico". Cuando le hablaron de los curanderos de Chiapa decidió consultarlos. AI poco tiempo apareció el de Namandiyuguá (Cerro brujo), quien después de examinar aI joven, le recetó pócimas de hierbas y ordenó que se llevara al chico a los baños de Cumbujujú ("lugar donde abunda el jabalí") para completar el tratamiento.
La madre acudió aI lugar, cerca deI pueblo y poco después, como de milagro, el joven empezó a recobrar Ia movilidad en las piernas.
Agradecida, la mujer, que se llamaba doña María de Angulo, mandó traer desde tierras distantes ganado y grandes cantidades de cereaIes para paliar Ia crisis en Chiapa. Ordenó que se destazara cada día una vaca en Ia plaza y repartió canastas con víveres entre la población.
En el mes de enero, el día de San Sebastián, doña Maria mandó sacar a su hijo en andas y desnudo -como el santo-, para que no volvieran Ias penurias aI pueblo. Más tarde, ambos regresaron a su país; Ia situación había cambiado, la naturaIeza pródiga se manifestó nuevamente, los lugareños relacionaron Ia abundancia con Ia petición hecha por la mujer y su hijo aI santo. Con Ia llegada de un nuevo año, los nativos recordaron la visita con la representación de una muchacha y un joven vestidos como los personajes paseando por Ias calles, rodeados de sus "sirvientes", quienes repartieron comida simbólicamente.
No hay datos que avalen la leyenda, los cronistas no Ia mencionan; sin embargo, el relato-con variantes- se conserva en el recuerdo de los chiapacorceños, y en Ias recopilaciones escritas que se han hecho en este siglo. Pero Ia realidad es que sólo quedan como testigos el Cerro brujo, Ias vertientes deI Cumbujuyú, cercanos a Chiapa de Corzo y Ia conmemoración de Ia visita que tiene lugar todos los años, en el mes de enero durante Ias festividades deI Señor de Esquipulas -herencia guatemalteca-, San Sebastián mártir y San Antonio Abad, Ias "chuntás", "Ios parachicos" y Ias representaciones de doña María de Angulo recorren Ias calles de Ia población en una alegre celebración llena de tradición y colorido.
Los viajeros que van a Ia fiesta, al llegar a Chiapa de Corzo, se encuentran con Ia plaza grande, Ia fuente colonial, llamada por los lugareños Ia "pilota", construida con ladrillo, en estilo mudéjar imitando Ia corona deI rey de Castilla y Aragón, y cuya construcción iniciara fray Rodrigo de León en 1552.
Es también famosa "Ia pochota", ceiba añosa, árbol ritual de los mayas que nunca falta en Ias plazas de Ia región y Ia iglesia de Santo Domingo, erigida entre 1554 y 1576, también de estilo mudéjar, todos ellos mudos testigos de Ia historia de Ia ciudad.
EI bullicio comienza el día 9 de enero, cuando Ias "chuntá", jóvenes disfrazados de mujeres recorren Ias calles de Ia población con faldas floreadas, con tocados y sombreros, maquillados o enmascarados, llevando canastas llenas de banderas de papel, y bailando el movido Bayashando, acompañado deI redoblar de los tambores. AI frente deI grupo vienen los "abrecampo", que provocan la risa de los asistentes. Se dice que esta costumbre tiene su origen en Ias mujeres que acompañaron a Ia señora de Angulo o bien que es una celebración ligada a Ia época de Ias cosechas.
En día 13 se velan Ias ramas que, adornadas con frutas y flores, se llevan en Ia madrugada deI día 14 al barrio de San Jacinto, al Señor de Esquipulas. Allí hay marimba, el cálido aire se mezcla con el olor de la pólvora de los cuetes, los nanches y los jocotes curtidos. El templo es un jardín florido pletórico de azucenas, gladiolas, nubes, dalias, crisantemos, claveles, nardos y margaritas y de “enramas "adornadas con papayas, sandías, guineos, piñas, guías de jocotes, ramos de limas, cocos y pan de rosca. Los santos apenas si se notan entre las flores y el humo del estoraque. En la comida comunal se sirve “cochito" con arroz, chanfaina y tradicional tasajo con pepita.
El día 15, dedicado al Cristo negro de Esquipulas, aparecen los “Parachicos". Es imprecisa la explicación de su origen, hay quien dice que son representación de los comerciantes que, engalanados, iban a la fiesta "para el chico", otros aseguran que son los acompañantes y los mayordomos de Ia señora Angulo que repartían Ia comida, o bien los patrones de cabellos rubios y capas de fiesta
Los Parachicos lucen una montera de ixtle a manera de peluca, es Ia cabellera rubia, además de una preciosa máscara -que imita Ias facciones del español-, con ojos comprados o manufacturados por el artesano, con vidrio fundido sobre un molde y decorado como una pupila.
Portan dos paliacates, uno que cubre Ia cabeza, y el otro que se sujeta alrededor deI cuello con el fin de afianzar Ia máscara.
Aseguradas en Ia cintura y sobre Ias piernas, los Parachicos llevan unas chalinas de seda con flores bordadas, en chaquira y lentejuela, sobre el pecho dos cintas entrecruzadas, en Ias manos un "chinchín" o sonaja de hojalata. Un sarape de Saltillo (de Chiauhtempan, Tlaxcala) atravesado, completa el atuendo.
Los Parachicos aparecen por todo el pueblo, van por Ias banderas a San Gregorio, el templo de Ia loma, para bajarlas a Ia iglesia grande y entre danza y música, patrón y prioste, llevan a San Antonio Abad a Ias ermitas deI Consagrado y de San Antonabal. ¡Allí vienen Ios Parachicos! es el grito que se oye por doquier.
Después deI canto deI Nambujó, que entonaba el patrón en el atrio de Ia iglesia, aI ritmo de Ia guitarra, el tambor y Ia flauta, gritan "Parachico me pediste, parachico te daré y aI compás deI tamborcito, mi chinchín te sonaré", La fiesta continúa. Las muchachas, que visten el precioso vestido de contado y bordado de tul de vuelos con flores multicolores, llenan Ias calles y Ia plaza, llevan sus jícaras recubiertas de maque, prestas a llenar de confeti a los asistentes.
Para el 20 de enero, el mayordomo, que es quien hace el gasto, va a misa, lleva sarape, jícaras, listones, bandas. Después deI rompimiento de Ia fiesta todo es importante, ser marimbero o de Ia banda de música, llevar banderas, llegarse a Ia plaza, cerca de Ia pochota, donde los niños suben y bajan en los caballitos, si bien los novios prefieren Ia rueda de Ia fortuna y otros los jarros de barro con trago.
Mientras tanto, deI templo grande han salido tres imágenes de San Sebastián, dos se llevan a Ias ermitas y Ia tercera, grande, entre banderas, precedida por cientos de Parachicos-ancianos, jóvenes y niños- se dirige a Ia casa deI Prioste, a Ia Comida Grande.
Todos asisten, a veces hasta llega el gobernador deI estado, Ia música no cesa mientras se come pepita con tasajo.
EI día 21 en Ia noche tiene lugar un "combate naval", en Ias márgenes deI río Grande. Los maestros pirotécnicos han dispuesto todo para Ia fiesta nocturna, los artesanos coheteros pintan Ia noche con cascadas de luces de colores y con matices luminosos el oscuro espejo deI Grijalva. También se habla de que esta costumbre tiene antecedentes muy lejanos. En el siglo XVII, Thomas Gage presenció un "combate" que relata en sus crónicas de viaje y que luego se dejó de representar. Fue hasta 1906, cuando Aníbal Toledo, emocionado por un documental de Ia guerra ruso- japonesa, propuso que se reviviera Ia vieja costumbre del "combate".
EI 22 de enero es el día de los carros alegóricos, entonces todos estrenan alguna prenda, los "parachicos", los "abrecampos" y los "estandartes " rodean el carro de doña María de Angulo. Hay concursos, bailes populares y torneos de equipos deportivos.
AI fin llega el día 23, cuando tiene lugar Ia misa de despedida, los asistentes hacen valIa; cuando lIega Ia imagen de San Sebastián, Ias "banderas" y los "parachicos" irrumpen, lIegan al altar y resaltan entre Ia multitud con sus sarapes multicolores y sus máscaras laqueadas al son de Ia música y Ias sonajas. De pronto empiezan a bailar en silencio y se arrodillan, pero enseguida vuelven el ruido y los vivas interminables.
Propios y extraños se hacen la promesa de volver al año siguiente para conservar Ia tradición en Chiapa de Corzo, Ia deI río Grande, el templo, la “pilona, la “pochota”, todo ese mundo mágico de leyendas que es Chiapas.
La peregrinación de los Tojolabales
Vienen de los rincones más apartados de la selva, de los valles de Altamirano y de las Margaritas, de Comitán y de La Independencia. Traen consigo las banderas de colores, los tamborcillos cilíndricos y las cajas de madera con las imágenes del Padre Eterno; hombres, mujeres y niños visten sus mejores galas y llevan en sus manos las flores salvajes de los bosques. Algunos han caminado dos, tres días casi sin comer y sin dormir, todo por la frágil salud de las cosechas y la estabilidad sagrada de las lluvias. El final del viaje es el templo de la Trinidad y para allá avanza, en orden, lenta y kilométrica la peregrinación de los indígenas tojolabales, uno de los grupos étnicos más numerosos de Chiapas, pero también uno de los menos conocidos y estudiados del sureste mexicano.
Dicen los conocedores que la historia de esta etnia se puede resumir en la memoria del olvido. En su libro Los legítimos hombres, el antropólogo Mario Humberto Ruz señala que hasta 1982 existían únicamente 19 trabajos publicados y siete investigaciones inéditas sobre algún aspecto de la cultura tojolabal, y de éstos sólo ocho habían sido realizados en el presente siglo. En fin, poco es lo que se sabe de la historia de este grupo mayense marginado hasta por los mismos científicos sociales.
Una tradición oral rescatada por el investigador Arturo Lomelí González nos dice que los tojolabales eran originarios de la región de los Cuchumatanes, Guatemala, en donde convivían con los indígenas del pueblo chuje de San Mateo Ixtatán. Cuenta la leyenda que estos dos grupos hermanos se enfrentaron en una guerra a muerte por el dominio de unas salinas ubicadas en la región, episodio que finalizó con la derrota de los tojolabales que fueron expulsados con sus familias hacia los valles de Balún Canán, en donde actualmente se ubican los municipios de Comitán y Las Margaritas.
Según la Agenda Estadística de Chiapas (1993), en la actualidad los tojolabales son 25 031 personas distribuidas, en un área de 5 000 km2 de seis municipios chiapanecos, en especial Las Margaritas.
Los antropólogos que se han acercado a este pueblo aseguran que la dispersión de los tojolabales en una zona geográfica considerable se originó porque durante siglos los frailes primero, y posteriormente los hacendados, distribuían a las familias entre las ricas fincas agropecuarias surgidas en esa fértil región para que trabajaran en las labores de peonaje. No hace mucho todavía era famoso el sistema de trabajo conocido como “baldío”, que de acuerdo con Lomelí González obligaba a los tojolabales a trabajar gratis, “de balde”, una de cada dos semanas laborales para “pagarle” al patrón la renta del predio que habitaban, pues sus comunidades eran consideradas como propiedad del terrateniente.
Establecidos en pequeñas colonias ubicadas en los fondos de los valles y la selva, los tojolabales son una etnia prácticamente inaccesible para los viajeros comunes. La mejor oportunidad para acercarse a ellos es durante las romerías que por motivos religiosos realizan durante el año, como la dedicada al Padre Eterno por la petición de lluvias que a nosotros nos tocó presenciar en el mes de mayo de 1994. Los tojol winikotik, los hombres legítimos como se autonombran, son muy afectos a realizar prolongadas peregrinaciones. En 1982, el antropólogo Mario Humberto Ruz describió la existencia de cuatro grandes romerías, entre las que sobresalía la que se realizaba a San Mateo Ixlatán, Guatemala, de donde supuestamente provienen los tojolabales. Otras romerías trascendentes eran las que se dirigían a Santo Tomás Oxchuc en abril y a San Bartolomé de los Llanos, hoy Venustiano Carranza, en el mismo mes. También es famosa la peregrinación en honor a Santa Margarita, patrona de la cabecera municipal de Las Margaritas, que todavía se lleva a cabo en el mes de julio.
Por motivos ajenos a los propios tojolabales, las romerías de este pueblo han entrado en decadencia y algunas han desaparecido casi en su totalidad: el endurecimiento de las autoridades migratorias guatemaltecas y la tensión sociopolítica que se vive desde hace ya muchos años en Carranza, Chiapas, han frenado las concentraciones tojolabales hacia esos puntos de su geografía religiosa. Sin embargo, hay una peregrinación tojolabal que ha crecido en importancia y número de participantes: es la dedicada a la Santísima Trinidad o Padre Eterno, que en su libro Algunas costumbres y tradiciones del mundo tojolabal Arturo Lomelí considera como la más grande de todas y “a la cual asisten el mayor número de promeseros”.
Los festejos de la romería del Padre Eterno inician en abril, cuando los principales de las colonias sacan a la imagen de la Santísima Trinidad por los caseríos con el fin de recolectar limosnas y apoyos materiales para realizar la peregrinación al santuario de la Trinitaria. Los jerarcas nombran a los “caporales” que estarán a cargo de la dirección y seguridad de los caminantes y a los hombres que portarán los cofres con las imágenes y las banderas. Las colonias grandes mandan un caporal por cada 50 personas y ocho banderas; los asentamientos pequeños son representados sólo por dos lábaros.
Todos los grupos tienen rutas de viaje preestablecidas con puntos determinados en donde descansan, rezan y se unen con los otros contingentes. Hay peregrinos que provienen del sur de la selva lacandona y caminan hasta tres días; hay otros que sólo hacen unas horas de camino. Todos se congregan en el templo de San Caralampio, Comitán, en donde se preparan para la última jornada de 17 km que los llevará a las puertas de la iglesia del Padre Eterno, en el poblado de la Trinitaria.
La mañana del día 20 encontramos a los romeros tojolabales en la plaza del barrio de la Pila, en Comitán. Algunos han dormido a la intemperie, otros en espacios rentados en las casas de los barrios aledaños. Poco a poco se empiezan a reunir los integrantes de los respectivos contingentes y cada caporal se encarga de organizarlos para reiniciar la marcha. Entre los caminantes son pocos los hombres que conservan la camisa y el calzón corto de manta con los bordados tradicionales en el cuello y en las mangas. En cambio las mujeres, sin excepción, portan orgullosas sus atuendos típicos y lucen como arcoíris entre los grises atuendos mestizos de sus esposos. Las tojolabales son damas de porte elegante, gustan del turbante, del sombrero vaquero, de las botas y de las zapatillas de colores. El naranja, el celeste, el azul o el verde metálico predominan en sus blusas y faldas; traen pulseras, collares y aretes llamativos y algunos aseguran que los bordados de sus prendas identifican el lugar de origen de las poseedoras y también si son solteras o casadas.
Después de desayunar, los dirigentes de la peregrinación sacan las banderas y las cajas con las imágenes del Padre Eterno del interior del templo de San Caralampio, y con ellas inician el avance a la Trinitaria. Primero van los tambores 30 ó 40, pequeños y cilíndricos; después los cargadores con los cofres de las imágenes, y atrás caminan los abanderados y los peregrinos que llevan en sus manos flores comerciales y exóticas como la llamada jujilnichim, espolón de gallo y orquídeas. El contingente, de 500 a 1 000 tojolabales, desfila por la carretera federal 190; en las afueras de Comitán se le unen docenas de mestizos comitecos y margaritenses, humildes la mayoría y también devotos del Padre Eterno.
Durante el trayecto, don Isidro Aguilar, caporal de tojolabales del municipio de Comitán, nos aseguró que marchaban en la peregrinación indígenas procedentes de 35 lugares, y nos comentó que muchos otros pueblos de esta etnia no habían podido participar en la romería por la aguda situación político-social que se vive en ese momento en el estado de Chiapas. “Con toda seguridad, nos comentó don Isidro, en esta procesión caminan guerreros mayas que han enterrado por unos días las armas y los pasamontañas para darle paso a su fe original, campesina, y estar presentes en ese evento ancestral de la petición del agua”.
Son las dos y media de la tarde cuando el grueso contingente llega a las afueras de la Trinitaria. Ahí los esperan otros grupos que han arribado de por el rumbo de los lagos de Montebello. En la entrada poniente del poblado hay unas cruces frente a un árbol de tempisque, en donde por última vez descansan y rezan brevemente los caminantes.
El poblado de la Trinitaria, meta final de la romería, era conocido antiguamente como Zapaluta, y fue un punto importante para los viajeros porque ahí convergían los caminos principales de la zona: el de la selva, el de los altos, el de la sierra y Guatemala y el del valle del Grijalva. Desde tiempo inmemorial, los grupos indígenas de la región, los coxoh, los mam, los jacaltecos, los zapalutecos y, desde luego, los tojolabales han llegado períodicamente a este poblado a venerar a la Santísima Trinidad. Un dato sobresaliente de este evento es que los rezadores que dirigen las plegarias de las romerías no son jerarcas tojolabales sino un grupo de ancianos zapalutecos (tzentales) quienes, entre otros cargos, preparan los pormenores de la entrada al templo y rezan las oraciones especiales para la petición de lluvia.
Con la presencia del párroco del templo y de cientos de zapalutecos, los peregrinos abordan el tramo final de la caminata. En un llano utilizado como cancha de futbol se efectúa el saludo de las banderas. En una doble fila se forman los abanderados y una a una las van entrecruzando con las otras, y las besan con respeto y devoción. El cura bendice el acto simbólicamente y al mismo tiempo tocan el medio centenar de tambores presente en la fiesta, mientras un grupo de hombres disfrazados de seres del averno bailan, brincan y cometen travesuras entre los grupos de mestizos.
En ese momento las gordas y negras nubes que giraban sobre nuestras cabezas desde un par de horas antes, abren sus compuertas y la lluvia se precipita. Es una buena señal opinan los devotos; los simples mirones corren como locos buscando un lugar para guarecerse. Bajo el aguacero la marcha continúa y avanza por las estrechas calles del pueblo que parecen reventar por el empuje de un río de cientos de personas. La entrada al templo es un poco caótica pues la puerta es pequeña para contener a la avalancha de personas, pero afortunadamente no hay heridos o aplastados. Una vez adentro, los viajeros escuchan misa después de colocar las banderas a los lados del altar. Al final de los oficios religiosos cristianos se retiran los mestizos y únicamente permanecen los indígenas que, en pequeños grupos y dirigidos por los rezadores zapalutecos, entonan sus oraciones de petición de lluvia. Terminando las oraciones pasan de uno en uno a besar el altar en donde está colocado el Padre Eterno, prenden velas y se retiran dando espacio a otros romeros; así hasta bien entrada la noche.
De esta manera finaliza la peregrinación que los tojolabales realizan en mayo al templo del Padre Eterno en la Trinitaria, un evento que los reúne de manera masiva para efectuar la ancestral solicitud de lluvia a las alturas y la consumación de las cosechas.
Al día siguiente, ya en desorden, cada grupo regresa como puede a sus comunidades. Han cumplido con la tradición y sólo les resta esperar la bondad de las fuerzas que gobiernan los mundos estelares.
La pasión de Nicalococ
"Anda a darle de reatazos a la carota de tu abuela, malnacido", le reclama la anciana de rostro arrugado al capitán de los centuriones que, "desalmado", golpea con un chicote la espalda del hombre que carga la cruz. Es una representación, pero para algunos espectadores es como si fuera la realidad. No son pocas las mujeres que se persignan y los señores que miran con ojos de pistola al contingente de romanos: "¡cascudos, así serán muy machos, punta de montoneros!", y echan al aire uno que otro adjetivo impublicable. Sin embargo, el hombre que arrastra la cruz azuza a su verdugo: "No se fije, compa, usted péguele para que valga la pena el sacrificio." Por un instante, Comitán es Jerusalén y el Calvario será en Nicalococ.
Horas antes se habían realizado un partido de futbol, en el que jugaron hermanados algunos apóstoles y centuriones. Dimas, como buen ladrón, se roba la pelota y anota un tanto con un tiro de media distancia. Santiago y Bartolomé, que iniciaron la jugada, lo felicitan con un abrazo. Debajo de un palo de huizache, de playera y shorts, Cristo observa el encuentro, está en la banca sin poder participar, pues le espera una faena agotadora y no debe desperdiciar su energía.
En la esquina del medio campo hay un palo al que Judas Iscariote está amarrado; viste túnica amarillo huevo, calza botas mineras; sus músculos son de trapo y su esqueleto de alambre; mide casi 2 m. Serio, inmóvil, de mirada fiera, de cuando en cuando le pasan rozando fuertes pelotazos que parecen lanzados a propósito para descabezarlo antes de tiempo.
La representación de la Pasión de Cristo de Nicalococ surgió hace apenas una década, cuando un grupo de chamacos del barrio empezaron la costumbre de incinerar cada Sábado de Gloria un Judas de gran tamaño, evento que atrajo paulatinamente la atención de los vecinos. Motivados por el entusiasmo de los "quema-Judas", los adultos acordaron participar también representando algunos de los pasajes principales de la Pasión de Cristo. Sin ningún recursos pero con un ánimo creciente, los vecinos se organizaron, surgieron voluntarios y se reunieron algunos fondos para el vestuario de los actores.
Cada Semana Santa es mayor el número de personas que participan en las escenificaciones y el público asistente es más nutrido. Ahora, gracias al apoyo económico de algunas casas comerciales, de la presidencia municipal y de los propios vecinos, los trajes y disfraces son de mejor calidad y se han sumado otros pasajes de la Pasión a las representaciones, como la Última Cena y la Captura de Cristo.
El principal promotor y organizador de la Pasión de Cristo de Nicalococ es don Rubén Ventura López, quien representa a Judas Iscariote. Conserje de una escuela secundaria, don Rubén ha movido cielo, mar y tierra para preservar esta naciente tradición y darle difusión en todos los rincones el estado.
Durante nuestra visita a Nicalococ, el papel de Jesucristo estaba a cargo de Álvaro Robles Alfaro -con su barba abundante y cabellera un poco larga-, quien llevaba ya dos semanas santas representando al nazareno. "Es una faena de mucho esfuerzo físico y moral -nos dice-, ya que todo el año se tiene uno que mantener en buena condición física a base de ejercicio y mostrar su conducta personal un comportamiento intachable: nada de tomar en exceso, ni líos de faldas o pleitos callejeros, o sea personificar el buen ejemplo entre los demás varones del barrio."
Con dos hijos pequeños y un empleo modesto, don Álvaro nos asegura que la vida es el verdadero Vía Crucis, en comparación con lo que realiza cada Viernes Santo; sin embargo, llevar una cruz de veintitantos kilos por más de 4 km de pronunciadas subidas y bajadas, caminando descalzo bajo el sol de abril que, aunque sea al atardecer, cae con enjundia por estos rincones, y recibiendo de cuando en cuando un buen chicotazo en las costillas, es un sacrificio respetable y agotador que no cualquiera aguanta, por más devoto que sea. No obstante, don Álvaro realiza su papel con verdadera entrega.
El Vía Crucis
Estamos en el barrio de San Sebastián; a las cuatro de la tarde el Jesucristo de Nicalococ aparece azotado y coronado de espinas, conducido por una partida de soldados romanos. En el atrio de la iglesia están reunidos un grupo de personas, los apóstoles y el par de ladrones que morirían con el nazareno. Trepado en la cajuela de un carro se encuentra el Judas de trapo, con un letrero en el la espada que dice "traidor" y una bolsa de monedas en la mano. Los apóstoles visten túnicas de varios colores y lucen algunas barbas postizas; los romanos traen capas rojas y cascos plateados de cartón que parecen, algunos, de futbol americano. Varios actores calzan huaraches o tenis y otros, al igual que Cristo y los ladrones, van descalzos.
Cristo y los ladrones encabezan la procesión, precedidos por las vírgenes y los apóstoles, y al final los concurrentes. Jesús viene escoltado por un pelotón de romanos que gritan mueras "al impostor", al tiempo que pican con sus lanzas de madera las costillas de los ladrones. A don José Gómez Espinosa, el hombre más cortés y amable del rumbo, le corresponde, en su papel de capitán, ser "el más grande, el más malo" y martirizar al Mesías.
La comitiva avanza por el centro de Comitán, en esos momentos desierto. La multitud espera en Nicalococ. Gente de los barrios aledaños y de algunos municipios vecinos, como La Trinitaria y Las Margaritas, aguarda dispersa entre los pedregales y en la cancha de futbol. Al aproximarse la procesión, la gente se arremolina alrededor. Los centuriones, entre ellos una niña, cumplen su papel de soldados y abren el espacio para que Cristo pase entre el tumulto.
En los últimos 200 m, las personas que vienen descalzas caminan sobre piedras; la marcha es lenta y los romanos castigan a sus prisioneros.
Un hueso de mango pasa volando cerca del capitán de "los cascudos" en el momento en que le da un par de chicotazos a Cristo para que se levante de su última caída. "Cómo sos caemal, vos grandulón", le grita alguien al verdugo. "Aunque sea de a mentiras, da coraje todo lo que le hagan a Chuchito", nos dice otro espectador.
Finalmente llegan al Gólgota; esperan cinco minutos a que Cristo tome un descanso, pues en esta ocasión no hubo ningún Simón de Cirene que lo ayudara con la cruz y se ve profundamente extenuado. Posteriormente, lo crucifican: le amarran las muñecas a la cruz, parado sobre una tablita agregada al palo central. Siguen los rituales de rigor (la lanzada mortal, las últimas palabras) y Cristo muere exactamente con el sol; los últimos rayos del atardecer cubren la silueta de su cuerpo con un halo enceguecedor que dramatiza el momento.
Cae la oscuridad. Del fondo de las piedras surgen diablos y seres grotescos que al ritmo del tambor llegan a celebrar con Judas la traición y la muerte del Mesías.
Cargado entre varias personas, el gigantesco Judas de alambre y trapo baila entre los concurrentes. Algunos le dan cerveza en la boca; otros más atrevidos bailan con él. Al anochecer, en la penumbra, Judas empieza a musitar su arrepentimiento.
El Palo Ensebado
Entre las actividades deportivas y recreativas que acompañan la celebración de la Semana Mayor en Nicalococ, sobresale el juego de destreza de origen prehispánico, conocido como palo ensebado.
El palo de Nicalococ, aproximadamente de 12 m de altura, está cubierto con una grasa que parece brea, chapopote o grasa para motores. Arriba, una cruz de tablitas clavada en la punta sostiene bolsas de juguetes y un balón de basquetbol.
El concurso es sólo para niños; hay una veintena de ellos. Muchos intentan trepar individualmente y quedan embarrados de grasa; otros forman una pirámide humana y tratan de subir al más ágil, pero todos los trepadores caen una y otra vez.
Los aspirantes se restriegan polvo y tierra en la ropa, en los brazos y la entrepierna para no deslizarse en el abrazo y prensar en el impulso, "para amarrar la trepada", como dicen ellos. Y ahí están, casi una hora, probando todas las artimañas posibles, bajo el sol del mediodía del Sábado de Gloria, empapados en sudor, polvo y grasa.
Tres alcanzan un poco más de medio palo; subiendo como lagartijas se agarran de puntos invisibles a la vista pero no al tacto (las venas de la madera o las deformaciones en la redondez del tronco).
Lo difícil no es subir, sino sostenerse y encontrar un punto de agarre para que la mano se afiance y levante el peso del cuerpo, evitando la resbalada. Obviamente todos tardan más en subir que en bajar.
De pronto, un trepador solitario, de 9 años, después de varios intentos fallidos, ataca de nuevo. Asciende más allá de la mitad del camino, agarrado como ventosa con las piernas y quitando con la yema de los dedos los restos de grasa que le impiden el agarre. La faena le lleva unos 10 minutos; sube un poco más y repite la tarea. Al fin, sujetándose de la nada, da un salto y alcanza la punta del palo, y con una mano los premios que caen al suelo ante el asombro de los demás niños. Juan Carlos López, del barrio de Santa Ana, como trabajó solo y fue el único que llegó, se lleva todos los juguetes y el balón de basquet. Eso sí, quedó hecho un mazapán: con la ropa estropeada y el cuerpo, la cabeza y la cara llenos de grasa y tierra, pero feliz; le faltaban brazos para cargar sus premios.
La Quemada del Judas
El Sábado de Gloria, por la tarde, se realiza la quema del Judas, pero antes éste da lectura a su testamento. Don Rubén Ventura, ataviado con una túnica amarillas, barba postiza y peluca de mujer, personificar a Judas Iscariote y lee sus últimos deseos y recomendaciones, rodeado por una nube de seres del averno.
Algunos extractos del testamento de Judas son los siguientes:
A los jóvenes del barrio,
le dejo mi novenario
para que no echen trago a diario
y cuiden su vocabulario...
A los representantes [de los barrios]
les dejo mi par de guantes
para que sean más vivos que antes...
A todos mis amigotes...
los pelos de mis bigotes.
Y a los catrines...
ahí les van mis calcetines...
A los que hacen reportes [periodistas],
de mis calzones les mando los
resortes...
Y a los que les da mucha risa...
una cuarta e longaniza...
Al barrio de Nicalococ
le dejo mi corazón
y mucha comezón porque
se me cayó el calzón.
Al término de la lectura del singular testamento, las criaturas del abismo ahorcan al Judas de trapo, del palo ubicado en medio de la cancha de futbol; los diablos lo abren por la espalda y le meten carrilleras de cohetes en la barriga y lo bañan de gasolina. Un cerillo, y en pocos segundos arden los pantalones y las botas, explotan las tripas entre sonoras flutulencias y termina el monigote gigantesco convertido en una sola flama que se balancea con el viento. La escena nos parece un poco macabra, pues cubierto por las llamas, el muñeco se asemeja a un ser humano.
El causante de todos los males de la tierra -como lo llamó alguien- queda convertido en un esqueleto de alambre negro y retorcido que se cae en pedazos.
Los asistentes a la quema se dispersan entre los numerosos puestos de comida y bebidas, en medio de la música a todo volumen. Por la noche habrá baile popular y ahí estarán casi todos los actores y participantes, una vez superadas las obligaciones, danzando y echando relajo como buenos comitecos que, según se dice, traen el diablo por dentro.
La Pasión de Nicalococ no es tan espectacular como otras representaciones que se efectúan en algunos lugares del interior de la República o en Guatemala; es una pasión de barrio que reúne una mezcla de frescura, color, respeto a la celebración católica y chispas involuntarias de buen humor, con la sana intención de rescatar una costumbre popular que promueve la participación de los miembros de una comunidad y los hace actores y exponentes de su propia devoción y religiosidad, sin boato, humildemente, como debió ser la vida de Jesús.
Tejedoras y difuntos en Chenalhó
Durante la fiesta de las ánimas, los tzotziles de Chenalhó tienden una cuerda que va del campanario a las tres cruces que están  en el atrio, y con esto crean un espacio sagrado en el que los muertos podrán montar a caballo, pasear, tomar su posh y su pilico o platicar como lo hacían en vida.
En la mitad del corazón del territorio tzotziles se localiza San Pedro Chenalhó, una gota de sangre antigua, profunda y primigenia en el fondo de los tejidos montañosos que conforman los altos de Chiapas.
Chenalhó es un bastión de resistencia étnica y orgullosa maya; un lugar de pasos perdidos y reencuentros mitológicos; un tiempo presentado entre oleadas  de visiones del pasado que llevaban al visitante a ponerse en contacto directo con nuestras raíces.
El caserío esta hundido en el seno de una cañada que al oriente tiene una pared que se levanta hasta tocar las nubes e impide por muchas horas el paso de los rayos solares del amanecer.
Este muro es el cerro Baj Xulúm. Desde su cima, muy arriba, a lo lejos, podemos ver los pequeños puntos blancos y negros que descienden en espiral, como hormigas con paso firme y ordenado, entre los titánicos pliegues de piedra y vegetación. Después sabremos que traían cargando la leña, el guajolote, los bultos de maíz, las verduras y que vienen descalzos o de huaraches, vestidos con manta, lana y sombreros redondos que en vez de plumas lucen listones de colores. Al final de la empinada vereda entran al Lum, centro ceremonial de Chenalhó; sus rostros parecen escapados de las lápidas de Palenque y Yaxchilán.
Es día sábado, día de mercado. De Yacteclúm, Magdalenas, Santa Martha de las tierras frías y calientes que abarca el municipio, llega la gente a la plaza a vender y a comprar, a dejar sus velas a San Pedro y, en esta ocasión, a adquirir lo indispensable para el festejo de los que vienen una sola vez al año.
Nosotros estamos aquí como en otro país o en otra dimensión, escuchando una lengua extraña, entre seres de singulares vestiduras que nos miran primero con curiosidad y luego como si no existiéramos. La voz en castellano del maya José Pérez nos retornan a la realidad: “¡Vamonos, ya están reunidas las Manos Que Trabajan!”Cuenta la tradición que la Virgen María enseñó a bordar y a tejer  a las mujeres pedranas. Ella les dio el secreto para extraer el jugo de los colores de la naturaleza y los trazos geométricos del cosmos. Para ellas, hacer la ropa es una profesión divinas exclusiva para las damas y sólo tan importante como dar a luz a los hijos. Simbólicamente, las tejedoras son la primavera que cubre a los suyos como las flores al campo; cada prenda salía de sus dedos es un acto creativo  de protección y supervivencia cultural, étnica, una frágil barrera ante los embates de idiosincrasias ajenas.
Las tejedoras de Chenalhó han tratado de conservar intactas las enseñanzas de sus abuelas. Para obtener sus colores emplean substancias naturales: el rojo lo extraen de la madera del palo de Brasil o mulato; para el amarillo buscan la enredadera conocida como barba de león y el negro lo sacan de un lodo de montaña mezclado con una tinta comercial. El palo para hilar y los telares son iguales a los que aparecen en los códices prehispánicos y también emplean el comén, artefacto de madera para medir el hilo.
Así lo aprendemos de Doña María Pérez Peso, dirigente natural por su edad y conocimiento de las Tas k’ Obík X’ Amtejík, las Manos que Trabajan, de Chenalhó y que desde hace 15 años ha luchado junto con otras tejedoras chiapanecas por revalorizar este oficio que algunos catalogan como poesía sin palabras, música sin sonido y canto sin melodía. Doña María Pérez Peso no habla español, pero el lenguaje de sus manos es universal  y por eso a trascendido más allá de las fronteras de su tierra  y ha obtenido reconocimientos estatales y nacionales. Ella encabeza un grupo de aproximadamente de 40 mujeres pedranas y algunas chamulas avecindadas en Chenalhó que elaboran, exponen y venden prendas de tipo artesanal como bolsas, tapetes, cintas, manteles, camisolas y otros artículos finamente tejidos y bordados, sin contar los atuendos de uso cotidiano con los que se visten ellas y sus familias. Las Manos que Trabajan se reúnen a tejer los fines de semana o cuando hay un evento cultural que les permita presentar sus productos: entonces, los visitantes pueden convivir con ellas y adquirir a buen precio y sin intermediarios sus modestas obra de arte.
Es más de medio día cuando salimos del taller de las Manos que Trabajan. Vamonos a la casa paterna del profesor Pérez Pérez, al lado del arroyo San Pedro.
El silencio es tan fuerte como la resolana, pero lo quiebra rápido el griterío de unos vaqueros tzotziles a pie que arrean una res al matadero: “ En la madrugada la sacrifican” nos comunica el profesor. Es para el cocido con verduras que se les da a las almas.
Además de profesor, el tzotziles José Pérez Pérez es locutor de radio y televisión y empeñoso promotor de las tradiciones y el progreso local sin menoscabo de los orígenes. Gracias a su hospitalidad y traducciones, pudimos atisbar un poco ese mundo reservado que es la celebración de las ánimas en una comunidad tzotzil. Con él se abrieron puertas que de otra forma hubieran sido inexpugnables.
Quince días antes del primero de noviembre subimos al Cerro de la Cruz, en donde se localiza el camposanto.
Ese día se dieron cita los hombres del poblado para realizar la limpieza general del área. Con machetes y coas quitan la maleza y emparejan el zacate:
“ Son más de 280 personas explica el ex mayordomo Manuel Sánchez. Empezamos casi juntos desde la siete de la mañana y estamos unidos los tradicionales, los caxlanes (mestizos) y los evangelistas”. Los tres grupos de Chenalhó guardan por unas horas sus desavenencias   y trabajan hombro con hombro para que el panteón este presentable durante la celebración de las almas. Aquí el culto a la muerte conglomera a la comunidad  y de una manera práctica se fraterniza con una finalidad más mística que de limpieza.
La ultima noche de octubre conocimos al tzotzil José López Hernández y a su esposa Oralia Pérez Paciencia. La señora llevaba su mochibál o toca de manta y él vestía xakitaíl (chamarro o cotón negro) llevaba un lixtón pixkolal (sombrero de listones), y un gran pañuelo blanco y rojo colocado al cuello como bufanda: el pok’il, que se usa en ocasiones especiales. Don José López parece un hombre de 50 años pero tiene 74. Pelo color azabache, dentadura completa y envidiable estado, vista de águila y complexión   robusta, piensa vivir muchos años. Su Papá, don Miguel López Komate, murió, aseguran a los 120 años.
La foto de don Miguel López Komate está en el centro del altar, entre canastos de chayotes hervidos, naranjas, jícaras de posol agrio y tamales de pictubíl (fríjol tierno) y chencubá (fríjol molido); hay también pequeños ramos de potzó nichím ( cempaxóchitl) y velitas de cera de colmena que se elaboran especialmente para la ocasión.
Para los tzotziles el paraíso de las alma se llama katibak, y para llegar a él hay que cruzar un río con la ayuda de un perro negro. Las mujeres que mueren al dar a luz van al Vinajél, situado en el sol; allá van también los ahogados, los fulminados por un rayo y los asesinados. Según esto, el Vinajél  es algo así como el tlalocan o paraíso de Tláloc plasmado en los murales de Teotihuacan. Por su parte, el ánima de las criaturas vive en los árboles del Vinajél y se alimenta de su savia y de sus frutos.
Todas las almas alcanzan el Katibak o paraíso (los malos después de pagar por sus pecados o delitos) y viven allí en abundancia, rejuveneciendo por muchos años para al final regresar a la tierra y nacer nuevamente.
El alma de los muertos tzotziles sólo viene el primero de noviembre, pero puede entrar en los sueños y dar consejos o castigar a los durmientes. Es fuerte el amor que los pedranos demuestran a sus seres perdidos y cuando los recuerdan lloran con verdadero sentimiento aunque tengan varios años de finados. La atmósfera de recogimiento y respeto es palpable, y a diferencia de otras partes, la sk’in ch’uelelalo o fiesta de las almas es motivo de duelo y de tristezas. Eso sentimos en la casa de José López Hernández y en los otros hogares que visitamos la última noche del mes de Octubre.
A diferencia de los mestizos que celebran a las almas el día 2 de Noviembre, los pedranos las reciben el primero. En la oscuridad del amanecer suenan los tambores, truena los cohetes , se echan a volar las campanas para orientar a las ánimas en su camino de regreso, y se reúnen las mayores autoridades municipales y tradicionales para recorrer los puntos sagrados de Lum, rezar al pie de las tres cruces tzotziles y prepararse para dejar el cargo por 24 horas y convivir con el alma de sus seres queridos sin ningún compromiso público.
Vestidos de gala y cada uno con su bastón de mando, los mayores oran ante las puertas de la Iglesia de San Pedro y pasan al interior de lo que fue parte de la casa cural y que durante nuestra visita funcionaba como presencia municipal. Ahí se sientan en largas bancas a escuchar los saludos de las personas que los suplirán en sus funciones durante la visita de las almas.
Los aspirantes llevan como regalo pequeñas jícaras de atole agrio envueltas en paños ricamente bordados. Con mucha reverencia y humildad se ofrecen a tomar el cargo y ser parte del llamado gobierno de los muertos.
Después de que se han consumado los requisitos tradicionales, los Mayores entregan a los suplentes sus bastones, sombreros y chamarros de lana y los visten con ello; desde ese momento, los suplentes se convierten en autoridades por 24 horas y los otros en simples civiles que subirán al panteón, beberán posh (aguardiente) y comerán en la compañía etérea de las almas, relegados totalmente de las funciones que los ocupan los otros 364 días del año.
Antes de que se efectúe el cambio de Mayores, las mujeres pedranas sacan a pasear las imágenes de las vírgenes por el centro del poblado. Primero viene un grupo de banderas, luego las dos imágenes cargadas por jovencitas y atrás las mujeres de los principales. Los mayores cierran la procesión que da tres vueltas al cuadrante de la plaza entre espesas nubes de copal y sonido de tambores. Es la purificación del Lum; Chenalhó esta listo para recibir a los que bajan del Katibak y el Vinajél.
Un lazo amarrado del badajo de la campana principal desciende  hasta donde esta una tríada de cruces al frente de la puerta del templo de San Pedro, formando una línea semivertical. Esta cuerda tendida tiene dos funciones, nos explican, tañer con ella las campanas sin necesidad de subir al campanario (los tañidos son constantes durante toda la celebración) y crear con esa línea un espacio imaginario, un centro ceremonial aparte por donde las ánimas  pueden montar a caballo, pasear, tomar su posh y su pilico o platicar como la hacían en vida en el Lum de la realidad. Este lazo tendido entre el campanario y las cruces es pues, en su verticalidad, el espacio social y público de las almas, por eso al pie de esta raya trazada entre el inframundo y la tierra realizan sus funciones los Mayordomos de la celebración de los muertos; ahí, sentados en bancas pasaran la noche tocando las campanas y atendiendo los problemas que se presentan durante el festejo.
Nosotros subimos al Cerro de la Santa Cruz, al camposanto, en compañía de don José Pérez y su familia. En la ladera, tan vertical como la cuerda de allá abajo, están las humildes sepulturas tzotziles, pequeños montículos de tierra que se distinguen por las capas de juncia- agujas de pino- que las adornan y refrescan con su aroma. Sobre ellas hay ramitos de potzó nichím atravesados por velas negras de cera de colmena, botellas con refresco y aguardiente, cajetillas de cigarros y cacahuates. Abundan también las jícaras de atole agrio y las verduras. Un par de grupos con arpas, guitarras y violines ejecutan melancólicas melodías tzotziles que impregna todavía mas de tristeza las lagrimas y las oraciones de los que rezan hincados y con las manos en actitud de implorar, de los que inclinados tocan el suelo con la frente y de las mujeres que cubren su rostro con el mochibál.
Los tzotziles les hablan y les lloran a sus muertos en voz alta. Los saludan en su llegada y les piden que disfruten las viandas preparadas para ellos. Los vivos solicitan protección a sus seres en el más allá para que el año siguiente pedan seguir recordándolos y llevándoles sus respectivas ofrendas. Las chulels o almas son invitadas a visitar su antiguas moradas y los alimentos llevados al panteón son solo una muestra de las delicias que les esperan en el poblado. Los espíritus bajan al caer el sol, y en ese instante los deudos encienden velas negras grandes para los adultos y pequeñas para los niños. Las candelas – dice don José – son también comida para las almas. Las familias velan toda la noche y comen y beben pero no de los alimentos del altar, que solo tocan hasta el día siguiente, cuando termina la celebración. También toda la noche las autoridades de los muertos mantiene una gran hoguera para que se calienten las almas que circula por la línea de la cuerda y cuatro músicos tocan para que estén contentas.
Así amanece el día dos y en las casas se reza para el despido de las ánimas. Al medio día estas se van por donde vinieron, se desamarra la cuerda y los Mayores o Mayordomas de las almas retornan los atuendos y los cargos a las autoridades del mundo de los vivos, que llegan medio crudos y desvelados a recibirlos.
De esta manera culminan las celebraciones en honor a la vista de las almas de Chenalhó.

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